El guión de los últimos encuentros volvió a repetirse sobre el verde para un Abadiño que, fiel a su inercia reciente, arrancó el duelo frío y sin mandar en el juego. Durante los compases iniciales, los locales apenas lograron inquietar la meta contraria, un síntoma de falta de chispa que el Umore Ona no tardó en castigar.
Corría apenas el minuto 5 cuando, en un saque de esquina mal defendido, los visitantes aprovecharon para adelantarse en el marcador (0-1). La losa inicial pesaba, pero la reacción local no se hizo esperar y demostró una eficacia implacable.
El despertar abadiñotarra llegó en una ráfaga de buen fútbol y pegada quirúrgica. En el minuto 17, Julen Trinidad firmó una auténtica obra de arte al inventarse un golazo de vaselina que devolvió las tablas al electrónico.
Sin tiempo para asimilar el empate, apenas cinco minutos después, Álvaro Rojo culminó una vertiginosa contra para culminar la remontada instantánea y poner el 2-1. Dos aproximaciones, dos goles. Un acierto máximo que daba la vuelta al partido de manera providencial.
Cuando el encuentro parecía encarrilado, el panorama dio un giro drástico a falta de diez minutos para llegar al descanso. Ander De Blas vio la tarjeta roja directa, dejando a su equipo con un jugador menos sobre el terreno de juego.
Esta expulsión dejó el partido muy cuesta arriba.
El Umore Ona, con superioridad numérica, se hizo dueño del encuentro y supo aprovechar la tesitura para voltear de nuevo el electrónico, poniendo contra las cuerdas a un Abadiño castigado por el esfuerzo físico.
Con el tiempo cumplido y la moral a prueba de bombas, el Abadiño abrochó una última gota de fe.
En los instantes finales del partido, el colegiado señaló penalti a favor de los locales. Con los nervios a flor de piel, la pena máxima se transformó en el tanto del empate definitivo, sellando un punto con sabor a victoria por la garra y el sufrimiento acumulado.